
La mujer anda sin prisa por la calle. Las personas en su camino le dejan el paso, unos la miran con curiosidad, otros con miedo. El sol a media tarde se refleja en los numerosos aretes que la cubren. Viste una playera de tirantes y pantalones deportivos. No hay pedazo de piel visible donde no este una pieza de metal, redonda y pequeña, entrechocando con los que estan a su alrededor. Ella sabe que la miran, los ignora. Cada uno de esos aretes es para ella un recordatorio, una derrota, una señal de que debe esforzarse más. Son muestras de mi fuerza de voluntad, se repite cada mañana frente al espejo, una forma de dejar el vicio.
Conciente de la debilidad que a veces la atormenta, para evitar ponerse a prueba en la batalla en que tantas veces a salido derrotada, anda por la ruta que la aleja del peligro. Es entonces, ya cercana a su destino, que ve a aquel hombre. Ella empieza a sudar, las gotas cuelan por entre las esferas de metar hasta llegar a sus ojos. Su pulso aumenta. No, se repite en silencio. No. No. No.
Tiembla. El se acerca. Ella no puede evitarlo. Se lanza sobre él, le arranca de las manos el pedazo de pastel. El hombre la ve con miedo, decide huir en vez de siquiera reclamar por lo que era suyo. La mujer come en forma histérica, sabe que tan pronto termine de saborear el pan, el dulce betún, tendra que ir a su casa. Entonces, ya desnuda, buscará los ya escasos lugares donde aun puede engancharse un arete nuevo.